Ese día no quería trabajar. Llevaba 5 días sin parar. Estaba agotado.
Si tan solo hubiera descansado ese sexto día, la humanidad, tal vez, le hubiera salido mejor.
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Las minificciones son larguísimas y complejas historias que no se ven, que se ocultan arteramente detrás de un puñado de palabras conocidas.
Ese día no quería trabajar. Llevaba 5 días sin parar. Estaba agotado.
Si tan solo hubiera descansado ese sexto día, la humanidad, tal vez, le hubiera salido mejor.
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Ya no se escuchaban los bombarderos, se ve que habían cumplido su cuota diaria. Se animó a salir de su escondite para deambular entre los escombros, como solía hacerlo, en busca de sobrevivientes. Pero esta vez no se escuchaba más que el crepitar del fuego extinguiéndose, ningún gemido o pedido de auxilio. Volvió tranquilo a su escondite subterráneo, porque por primera vez pudo ver a los fantasmas de los muertos elevándose de entre las cenizas con una sonrisa en sus rostros. Finalmente vivirían en paz.
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Había decidido escapar de la locura de Beijing a través de la Gran Muralla China. Se dejaría guiar por la luz de la luna llena, que rara vez podía ver detrás de los cristales de su oficina. Dejaría atrás la oscuridad de su sótano, que era lo único que su sueldo miserable le permitía alquilar, y también dejaría las frías luces led de su atestado trabajo. Iría al campo a disfrutar del sol y el aire libre. Trabajaría la tierra y rezaría a Buda para que lo protegiera, ya que él era muy supersticioso.
Apenas habia andado medio kilómetro cuando comenzó a ver que la luna se iba haciendo más oscura e iba menguando. Ahora caminaba a paso más lento, algo atemorizado, sin quitar la mirada de la luna, que cada vez alumbraba menos. Hasta que el camino se quedó sin luz, con una luna roja observándolo desde el cielo. Lo tomó como un mal presagio y decidió volver sobre sus pasos, hacia la seguridad de su sótano. Sería su destino vivir en la oscuridad.
Nunca pudo entender bien lo de los eclipses lunares.
Los amantes de Pont Neuf se separaron aquel día lluvioso en que ella insistió con que un dinosaurio la estaba llamando y se internó sola en el bosque, desde donde nunca más regresó.
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La bruja no contaba con que Blancanieves la viera mientras encendía el fuego de la chimenea, justo en el momento en el que ella se transformaba en vieja.
Todavía está en palacio, recuperándose de los escobazos que recibió aquella tarde.
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- Avivad el fuego, Sancho, que ya la flota viene a rescatarnos.
Inútil fue explicarle que estaban en un recodo del riachuelo, que podrían cruzarlo a pie, si quisieran, hasta la otra orilla, donde estaba el cementerio de las carabelas.
Y allí estaba Sancho, agitando la antorcha, rogando que las nubes partieran pronto para que la luna alumbrara la cordura de su señor.
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Ya se acercaba el toque de queda. Los blindados preparados. Todos corriendo desesperados por el maldito virus. Ellos, sin importales nada, sellaron su pacto con un beso, porque sabían que lo único que podría salvarlos era el amor.
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