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Explicación Cortita

Lo característico de la minificción o microrrelato, es su capacidad para disparar sugerencias múltiples en la mente del lector. Para ello se vale de la ambigüedad y de modos oblicuos de expresión, como la ironía, que apuntan a que lo que parece ser no sea, o no se sepa con seguridad si es o no es. De ahí que la paradoja y la parodia sean tan frecuentes. También lo es el doble sentido, en cuyo caso se acerca peligrosamente al chiste. En este límite, el trabajo con las palabras es lo que determina la diferencia".

Raúl Brasca.

sábado, 20 de junio de 2020

Idus de marzo

Así afecta el aislamiento social a tu salud mental

Ya había avisado que hasta que no terminara mi novela no saldría de casa. Necesitaba concentración.
Me desconecté de redes y teléfonos y el 15 de marzo, luego del mes de reclusión que ya tenía previsto, escribí la palabra FIN.
Al hacerlo, no sé por qué, recordé los idus de marzo y la frase de Plutarco: “aún no termina”.
A mediodía salí para sorprender con el original a mi editor. 
Ni bien pisé la calle tuve una sensación extraña, visceral, instintiva, como un temor prenatal.
Volví sobre mis pasos y, ya a resguardo, noté el silencio atronador que llenaba todo.
Llamé a la oficina, sin suerte. Marqué el teléfono particular de Guillermo y lo encontré en su casa. Llevaban una semana de duelo.
Me puso al día de lo que había sucedido, sin poder creer que yo no estuviera al tanto de nada.
Aún quedaba otro mes de cuarentena. Me recomendó que escribiera una novela corta sobre el tema, que seguramente sería lo primero que se vendería.
Primero pensé que era absurdo, que ya había decenas de libros y películas apocalípticas sobre virus y pandemias y que sería difícil soslayarlos. A pesar de eso, casi sin pensarlo, le dije que sí y le avisé que hasta que no terminara mi novela no saldría de casa.
Hoy vuelve a ser 15 de marzo, un año después de que el pánico se apoderara de mi mente y me dejara paralizada, para que nunca pudiera volver a escribir ni una sola línea sobre nada ni salir de mi casa nunca más. 
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*Participa de la antología "Brevirus", que pueden descargar de aquí:
https://antologiasdebrevilla.blogspot.com/2020/06/brevirus-antologia-de-minificciones.html?fbclid=IwAR2qWwMdgOJnbMQ-HVjIvVmgfrK1AsMr61dMLytqdjT5nRUHrXviJkjYfh4

jueves, 18 de junio de 2020

Continuidad


Todo había sido cuidadosamente planeado, pero ahora dudaba. Efectivamente, los perros no ladraban y la luz encendida le indicaba que él se encontraba leyendo su novela en el sillón verde del salón principal. Pensó que aún no habría llegado al capítulo final. Estaba a tiempo. Arrojó lejos el puñal y se encaminó hacia la puerta. Lo resolverían como caballeros. Después de todo odiaba las novelas con finales violentos.
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viernes, 4 de enero de 2019

Sustento

El sueño de la mujer del pescador - HOKUSAI - 1814



Venga, cariño, sal ya de ahí. Mira, mira lo que te he traído hoy: berberechos y almejas. Y el Pity se ha ligado unos langostinos…

No entiendo por qué te enfadas. Ya te expliqué que solo se trata de negocios. ¿O preferirías que pase toda la noche deambulando por ahí, buscando comida?
Este negocio es un intercambio justo que debemos aprovechar mientras dure. Esta especie se tiende en la orilla, con el agua apenas cubriéndole la espalda y lo único que quiere es que le demos nuestro colágeno durante una hora. El Pity se encarga de la cabeza y yo, como que soy más grande, del resto del cuerpo. Ella nos va indicando por dónde lo quiere y nosotros, pues, sin perder de vista nuestra cubeta de comida, nos abocamos a la tarea durante una hora. Y ya está, tenemos almuerzo y cena garantizados. En solo una hora.
Venga, mi pulpona, sal de ahí, que para mañana nos prometieron vieiras y camarones.

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Micro seleccionado para la 2° Antología de HOKUSAI de la Revista Brevilla: buen comienzo de año.

sábado, 3 de junio de 2017

Tacones cercanos



Volvía de trabajar, como todas las noches, a la hora en que los comercios comienzan a bajar sus persianas. Su casa estaba a solo 3 cuadras de la avenida. En aquel tiempo su trabajo le exigía vestir de traje, cargar un portafolios y usar tacones. Cuestión de buena presencia para la atención de clientes. Y de estatura, claro. A esa hora, ya le dolían los pies. En eso venía pensando, mientras apuraba el paso para llegar a su casa y sacarse los tacos. Y en qué tenía en la agenda de mañana. Por ahí zafo de los tacos… sí, me pongo la falda larga con las botas negras y el polerón bordó. Así estoy más cómoda. Y a este tipo ¿qué le pasa? ¿me está siguiendo? No, él también se paró en una vidriera. Igual, por las dudas voy a cruzar. Mierda… bueno, no te persigas, Claudia, es casualidad… ya doblamos. Se está prendiendo un pucho… no pasa nada… no, sí pasa, viene directo hacia acá, y me falta una cuadra, justo la más arbolada, y estos putos tacos… no puedo seguir por acá… ¿y si se mete en casa? Me vuelvo. Me vuelvo a la estación y me tomo un taxi. No, si me vuelvo, por ahí, no vuelvo. Apurá el paso que falta poco, Claudia, sacate los tacos, te está alcanzando. No, no puedo, si me paro me agarra… ¿dónde están las llaves? No mirés hacia atrás, concentrate… las llaves. Olvidate que está detrás tuyo, concentrate en la llave de la entrada, hacés un movimiento rápido y estás a salvo. Dale, metele, ya casi.
-Hey, pará, casi me cerrás la puerta en la cara… desde la estación te vengo chistando, no me escuchaste?
Al escuchar la voz de su padre, se sacó sus tacones y se desmayó.
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sábado, 23 de mayo de 2015

Rutina



Nos despertamos antes de que el sol se filtre por la persiana y comenzamos con la rutina.
Tomamos la medicación y después el desayuno: vos mate cocido y yo leche mas tostadas con manteca y mermelada. Tené cuidado que la mermelada es líquida y se te puede caer por la comisura. Después mirás un poco de tele o agarrás el libro y yo tomo un poco de sol. 
Charlamos un poco con la gente, no mucho porque todos tienen sus propios problemas ¿viste?
Cuando nos queremos acordar llega la hora de la comida. Hoy tenemos bombas de papa a la crema con gelatina de postre. Está bien, la comida es buena ¿no?
Después nos tiramos un ratito a dormir la siesta, miramos un poco de tele, tomamos mate y llega la hora de la merienda y las pastillas. Otra vez las tostadas y el mate cocido y la leche. 
La tarde se hace larga, vos mirás al Negro Oro y yo miro la novela de la tarde. El sol ya se va... cada vez mas temprano.
A las ocho ya estamos cenando, pastillas de por medio y en un ratito más, a la cama. Se acaba el día y su rutina.
Vos la del geriátrico y yo la del psiquiátrico. Pero eso es solo un detalle. Pensá en que las dos estamos haciendo más o menos lo mismo, mamá.


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martes, 10 de septiembre de 2013

Julia y el visitador



Julia entró por la guardia del hospital, como tantas otras veces, sola y sonriendo, saludando a todos, como viejos conocidos que ya eran.
El personal se había acostumbrado a sus visitas semanales y la saludaban con un dejo de resignación. Ella rogaba que no le tocara otra vez la doctora Martínez.
Esa doctora no entendía nada y hablaba demasiado. ¿Qué va a saber ella de criar a cinco hijos sola, de tener que trabajar limpiando baños ajenos, de vivir en una casucha de cuatro por cuatro, de racionar la comida para que alcance para la noche? ¡Ella vive sola y se dedica a curar heridos y nada más y lo bien que deben pagarle por eso! Yo, si no fuera por el Héctor, quién sabe dónde estaría ahora… ¡debajo del puente estaría con mis chicos! Mirá si no me voy a poder aguantar un par de golpes los viernes -porque solo son los viernes, cuando se emborracha con los compañeros de la construcción- a cambio de una semana de vida normal, con los chicos comidos y vestidos y la casa caliente...
En todo esto pensaba Julia cuando vio el rostro de la Dra. Martínez sobre ella. No entendía que pasaba, ni cuándo la subieron a la camilla, ni por qué sangraba por la boca. Quería decirle que se había caído, pero no podía. Todos corrían, la inyectaron con algo pero alcanzó a ver a una policía al lado de la doctora, que le dijo al oído: - Ya se acabó, Julia. Quedate tranquila que todo va a salir bien.
Entonces se durmió, con un sueño muy profundo del que, aún, no quiere despertar.
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lunes, 23 de julio de 2012

Alef

Recién comprendí a Borges, la primera vez que la muerte se metió en un cuerpo conocido.
Porque el día que Beatriz Viterbo murió –dejó de ser una candente mañana de febrero- noté que las carteleras de fierro de Plaza Constitución habían renovado sus afiches –que dejaron de ser de intrascendentes cigarrillos-.
El hecho me dolió, pues comprendí que el mundo –no el incesante y vasto universo del que tengo dudas– no se percataba de esa ausencia. Ese cambio sería el primero de una serie infinita que me fue afirmando y confinando en el solitario reducto de mi mente.
Con cada muerte cercana me fui despojando de penas inútiles, como si una inefable certeza me obligara a aligerar el alma, para que la vida, brillante, arrolladora y ajena lo ocupe todo.
“Todo cabe en ti -me dice una voz desde el fondo de mis mágicos libros leídos- porque tú eres todo y nada más necesitas. Porque tú eres ese mínimo punto donde todo converge simultáneamente, donde la vida y la muerte solo son dos instantes de la eternidad que eres.”
Comprendo que esta jugarreta vanidosa de mi mente asiéndose de Borges, es el disfraz perfecto de la indolencia más atroz que he sentido; de la clara conciencia, por primera vez, del eterno sinsentido de la vida.
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lunes, 4 de junio de 2012

Vendida

Llegamos a la casa con lo puesto. Irene buscó en la alcantarilla donde había tirado la llave y aún estaba allí, enredada entre guijarros y malezas. Haciendo la lástima a un costado, abrimos la puerta y entramos. Todo estaba tal como lo habíamos dejado; hasta el tejido delante de la cancel y el ovillo del otro lado. Eran las once.
Empezamos por la sala y las habitaciones: abrimos ventanas, quitamos polvo, Irene levantó la fuente de fiambres de su cuarto, yo tomé los quince mil pesos de mi armario. Doblamos el codo del pasillo; en la cocina y el baño también limpiamos: embolsamos las estampillas y tejidos viejos junto con las carpetas de macramé. Luego, nos enfrentamos a la puerta de roble que daba al otro lado de la casa. Lo habíamos pensado bien, la abrimos con decisión. Mientras Irene aireaba la sala de gobelinos, yo arremetí contra la biblioteca; toda la literatura francesa de la preguerra fue a parar a las bolsas. Irene siguió con el comedor, yo con los cuartos. Los recuerdos de nuestros bisabuelos, abuelos, nuestros padres y nuestra infancia también fueron embolsados.
Eran las siete cuando terminamos. Ya nos habíamos preparado un par de bolsos con algo de ropa y algunos documentos cuando un sonido sordo e impreciso detrás de la cancel nos alertó de la llegada del comprador.
Buscaba una casa espaciosa y antigua sobre la que pensaba escribir un cuento. Y nosotros, que ya estábamos grandes y cansados de rodar por ahí, no lo dudamos más. Nos entregó el resto del dinero y le dimos la llave.
Ya en la calle, me despedí de Irene con un abrazo. Finalmente, cada uno por su lado.
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lunes, 16 de abril de 2012

La tempestad



La tempestad es atroz. Ráfagas huracanadas, lluvia. Y los rayos, danzando impertérritos sobre los postes de energía, provocan llamaradas que iluminan la ciudad a medida que ésta se apaga. Desde el vigésimo piso el espectáculo es dantesco. Yo también quedo a oscuras. Enciendo una vela, con ésta un cigarrillo y me siento sobre la alfombra, frente al ventanal, a esperar que la tormenta pase. Los rayos son las venas de un gigante furioso que restalla su látigo mientras ruge.
Esta ridiculez estaba pensando escribir, cuando la voluta de humo que acababa de exhalar, repentinamente, se detuvo en el aire. Asombrada, veo que afuera todo se detuvo también. No es que hubiera terminado la tormenta, simplemente todo se detuvo. Hasta los sonidos. Silencio absoluto. Mi cuerpo estaba inmóvil también. Pero mi mente no perdía detalle -entre rayos, gotas de lluvia y volutas de humo- buscando una explicación.
Luego de un segundo eterno, percibí la lenta caída de la vela hacia la alfombra. Los cristales estallaron, todo volaba en espiral, pero yo aún no podía moverme. La oscuridad y el silencio ya eran totales. Un angustioso e insondable vacío me asfixiaba. Por eso, al ver venir el latigazo final, agradecí aliviada.
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martes, 20 de marzo de 2012

El nuevo mundo

Aquel día de la gran explosión un centenar de familias trabajábamos en La Máquina, bajo tierra. Todo indicaba que estábamos en el camino correcto, que poco faltaba para que encontráramos la clave que haría nacer al hombre nuevo.
Nunca supimos exactamente qué sucedió. Sólo sentimos una onda expansiva, como una fuerza extraordinaria que nos hacía volar y desvanecía las cosas materiales. Todo desapareció, hasta la máquina. Cuando nos recuperamos, no sabíamos dónde nos encontrábamos, estábamos rodeados de un espacio blanco y faltaba la mitad de la gente. Una niña dijo “Mami, quiero hacer pis”; su madre volteó buscando un baño y éste se creó a sus espaldas, tal como lo estaba pensando.
Nos llevó un buen rato comprender qué sucedía: nuestra mente creaba las cosas que necesitábamos. Algunos, incapaces de procesar la novedad, pensaron que morirían y efectivamente se murieron. Sólo quedamos quienes estábamos mejor preparados mentalmente. Y los niños.
Fue fácil organizarnos. La niña que quería hacer pis, creó una cama para continuar durmiendo y en un rato ya todos convivíamos en un gran salón con pequeñas casas en su interior. Pronto formamos la Comisión de Planificación del Nuevo Mundo. Esta vez tendríamos que hacerlo mejor.
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lunes, 30 de enero de 2012

Perdida

Ilustración de Ángeles Charlyne
En las noches muy calurosas, suelo dejar mi cuerpo prolijamente extendido sobre la cama y me escapo, en vuelo onírico, a un lugar más fresco. Pero anoche me perdí. 
Entraba en una casa, a la sombra de un gran tilo, cuando de pronto tuve una sensación de dejá vú, de estar rememorando un sueño ya soñado. Podía anticipar lo que sucedería a cada instante y pronto se convirtió en un sueño aburrido. Tuve conciencia de estar soñando un sueño viejo y decidí intervenir para cambiarle el final.
Busqué mi reflejo en el agua azul de aquella piscina pero me encontré con tu rostro, también sorprendido de encontrarme allí. Y desde entonces estamos intercambiando miradas, sonrisas y gestos conocidos y no me quiero ir. Sé que tengo que despertarme pero no quiero.
En el borde de la piscina escribo esta historia para no olvidarla, con tus ojos salpicándome la cara y tus manos soplándome los pies, antes de perderme para siempre.
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miércoles, 21 de diciembre de 2011

Descubrimiento

Ilustración de Adriana Lucas
Olía a sexo. No importaba cuántas veces me bañara y me perfumara. Seguía oliendo a sexo. El olor me perseguía por cada rincón de la casa. Lavé las sábanas, las toallas, mi ropa. A cada instante me olía la piel, el pelo. Hasta las cortinas lavé, creyendo que los efluvios de nuestra noche de pasión -vino, saliva, sudor, semen, lágrimas- se habían impregnado en todos lados.Nunca me había sucedido algo igual. No es que me molestara mucho, al contrario,ese olor algo almizclado me erotizaba. Pero estaba el nene. No quería que se diera cuenta de nada. Aunque tal vez solo fuera sugestión y no se percibía ningún olor delator.
- ¿Te gusta este aromatizador que compré? Huele a jazmines ¿viste?- Sí mami, pero igual se siente el olor de Nemo. Se murió el sábado y descubrí que en la caracola de arriba de la tele, lo podía velar lo más bien. Lo tapé con los pétalos de la rosa del jardín. ¿Tres días serán suficientes,má?


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domingo, 18 de diciembre de 2011

Carnaval



Ilustración de Adriana Lucas

El recién llegado caminó un par de cuadras por el pueblo y creyó que estaban en Carnavales.
Los antifaces multicolores y el mismo tono en todas las vestimentas se lo hicieron creer.
Habló con el alcalde, buscando alojamiento. El viejo profesor de física que ahora ocupa la alcaldía, es el único que lleva el rostro descubierto y un traje sastre bien cortado.
Le dirá que no hay habitación disponible, que debe seguir su camino.
No puede explicarle que su experimento era casi un éxito: que se podría ir y venir en el tiempo. Nó hasta que encuentre la forma de liberar al pueblo de ese día de Carnaval de hace diez años, cuando logró que todas las frecuencias de las realidades paralelas convergieran en un mismo punto.
-Bueno profesor, entonces me alojaré en su casa, en la habitación del fondo y esta vez no aceptaré su negativa. Ah… no se preocupe, mañana será un día nuevo.

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lunes, 28 de noviembre de 2011

Caserío

Ilustración de Adriana Lucas
El anticuario vendía una polaroid del ‘70, poco uso, con propiedades mágicas. Sus fotos revelaban el alma de todo, decía. La vendía con la última caja de rollos del mercado. Me hizo gracia la historia que inventó para deshacerse de la cámara cuyo uso estaba limitado a la cantidad de película disponible. No obstante, el precio era relativamente bajo y la urgencia por conservar la hermosa vista del caserío donde había nacido mi padre, frente a mí, terminó de definir la compra.

- No derroche fotos -me había dicho el vendedor- resérvelas para las cosas realmente importantes. Con una sonrisa condescendiente me apuré a cargarla y a tomar la instantánea del lugar. Al observar la fotografía entendí de qué se trataba la magia. La casa de mis abuelos destacaba sobre las otras, estaba viva. El viento llenó mis ojos con el humo que salía de aquella chimenea y el olor a torta de chocolate me invadió por completo. El vendedor, experto, me acercó una silla y pañuelos descartables. Sin mediar palabra, le agradecí de corazón.
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sábado, 29 de octubre de 2011

Caminos

Ilustración de Adriana Lucas
- ¡Se fue por otro camino? - así me dice mi madre hija cada vez que me ahogo olvido buscando la palabra adecuada. Lo que ella no sabe, es que ese camino laguna está en mi infancia, donde mis muertos vivos juegan a la ronda, sin palabras estorbos que nos separen. Y que cada día me cuesta más volver.
- Lapsus. Así lo llamó el doctor, pero no es nada.


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lunes, 3 de octubre de 2011

Agreste

Ilustración de Adriana Lucas
Mientras dormitaba un poco, antes de almorzar, el dolor sordo en mi oído me recordó a Van Gogh. Pensé en los amarillos verdeazulados de sus obras y su estilo inconfundible. Lo busqué con la mirada en el libro postimpresionista que duerme en mi biblioteca.
De pronto, de un salto, fue a sentarse junto a la ventana donde aguardaba el atril con el lienzo en blanco. A una velocidad asombrosa mezcló algunos colores en su paleta y comenzó a pintar frenéticamente.
- Tengo que apurarme, solo tengo cinco minutos antes de que se note el cambio de la luz ¿Me hablaba a mí? – El paisaje agreste de esta comarca nunca volverá a ser el mismo y yo tengo que conservarlo, para cuando lleguen mis días sin sol – Yo lo observaba de espaldas, movía incansablemente las manos. Cuando tuve la certeza de estar soñando, dio media vuelta y sus ojos azules, profundísimos, buscaron mi aprobación - ¡¿Por favor?Ya estaba por contestarle cuando una mujer irrumpió en la habitación:
- Cinco minutos para almorzar Anita… pero… ¡pero mira que cuadro más bonito has pintado! ¿Qué es, el jardín de tu casa?
- C’est Arlés, madame!
- Ah, claro, sí. Bueno, déjalo allí y cuando vengan tus nietos les pides que te lo cuelguen, así alegras un poco estas paredes. Ahora apúrate que ya están todos en el comedor.
Ya sé que no puedo explicarles nada. Me tomarían por loca.

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viernes, 16 de septiembre de 2011

Pájaros en la cabeza

Ilustración de Adriana Lucas
Hace poco comencé a tener una sensación extraña, una suerte de no estar en este momento y lugar. Como de una estática distinta en el aire. A la vez, una necesidad de encontrar respuestas en lo sobrenatural, en lo desconocido. Me sentía fuertemente atraída por lo cerebral, las energías, las percepciones, los mundos paralelos y la mecánica cuántica. Desde entonces he visto videos, documentales, películas y series que trataban estos temas. La inversión de los polos, el tercer ojo, la electricidad cerebral, los agujeros de gusano, los sueños, las profecías apocalípticas, el lecho marino, la migración de las aves. Estaba al borde de la locura por la imposibilidad de evitar la inminente catástrofe cuando comenzó el dolor.
Primero fue en el pecho. Subió por los hombros, el cuello, la mandíbula y se instaló en los oídos. Iba, en recorrido sordo por mi dentadura hasta el otro oído y volvía, en latidos constantes, a través de las sienes. En lugar de suicidarme, fui a la guardia.
Luego de una breve revisión y un par de radiografías, concluyeron que tenían que operarme:
- Así te sacamos todos los pájaros que tenés en la cabeza – dijo un médico algo burlón. Hicieron el nido en la muela de juicio que todavía no salió y está inflamando el trigémino. Quedate tranquila que en una hora estás afuera.
Fueron dos horas, ayer por la tarde. Aún tengo la cara hinchada y algunos pájaros revoloteándome en la frente. En cuanto se aquieten, comenzaré a contarles algunas cosas que me dijeron.
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martes, 13 de septiembre de 2011

Fenómenos

-No es lo mismo trabajar de fenómeno de circo que trabajar en un circo fenomenal – repetía el payaso al domador, ensayando sus nuevas líneas antes de entrar. El veterano de nariz roja, risa eterna, zapatos rotos, ya no hacía reír a nadie. Su época de esplendor había pasado. Hoy necesitaba a la bailarina como muleta para llamar la atención.
Y ella… ella tampoco era la misma que comenzó luciendo colorido plumaje en la comparsa local; la que se robaba las miradas de los hombres y mujeres que envidiaban su estilo. Hoy necesitaba al payaso ramplón para hacer un número que medianamente justificara su existencia.
Cada uno, por lados opuestos del circo, entró a escena saludando al público y en el instante en que iba a producirse el previsto choque, un niñito del público les gritó “¡Cuidado, que se pueden chocar!”. Ambos se detuvieron a observar al niñito que sonreía aliviado.
Dando un paso a la derecha, continuaron la función con una sonrisa real y las esperanzas renovadas.
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miércoles, 24 de agosto de 2011

Registro


Cuando Tweety se despertó una mañana después de un sueño intranquilo, se encontró liberado de su jaula y convertido en un triste pájaro azul. Creyó que era un sueño, pero cuando se vio reflejado en los ojos de Silvestre, sintió que todo era muy real.
Ya se daba por perdido cuando, en el mismo cristalino en que estaba su reflejo, su amigo Héctor venía en su ayuda convertido en leopardo. Quiso advertirle “Me parece que vi un lindo gatito”, pero en ese instante escuchó: “¡Corten! Los abogados no arreglaron con los derechos de autor. ¡Todos a maquillaje!".

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sábado, 20 de agosto de 2011

Reflejos


El leopardo vio al pájaro azul y pensó que sería un buen bocado para sus crías. El gato negro, en cambio, pensó que sería ideal para su cena. Ninguno de los felinos se extrañó por que el ave no huyera mientras se abalanzaban sobre él. A una distancia prudencial, un audaz aficionado tomaba la mejor fotografía sobre improvisación animal. Estaba entre las últimas de una veintena que se encontraron en la abandonada cámara digital.
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