
Cuando empecé a mirar hacia abajo, mi mano quedó paralizada, presa de un rigor involuntario y un dolor insoportable. Incapaz de moverme, el pincel quedó fijo sobre la tela que absorbía el líquido bermejo, creando por sí misma la más bella obra que jamás hubiera visto. En una fracción de segundo mi conciencia penetró la tela y me vi, en ese minúsculo puntito negro del entramado, intentando pintar una acuarela. El dolor en mi mano me volvió a la realidad. Entonces, entendí clarísimo el mensaje : nunca debo dejar de mirar hacia arriba.
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