Yo sabía que ese espejo era un portal de entrada a otra dimensión. A veces, cuando me miraba en él, percibía como una onda a mis espaldas, como una ráfaga que quitaba el polvo de las cosas y dejaba todo más brillante.
Nunca me había animado a tocarlo, pero podía sentir un calor que emanaba de él al acercar mis manos.
Curiosa por naturaleza y atenazada por el duro invierno y el hambre de la guerra, decidí probar mejor suerte cruzando al otro lado.
Primero probé con una mano, que saqué rápidamente comprobando que había tomado un leve color rosado y estaba tibia.
Pensé que en aquel lugar definitivamente no hacía frío y seguramente tendrían comida. Crucé de un salto.
No podía definir el lugar, pero allí no tenía hambre, ni sed, ni frío. Solo una sensación de paz y bienestar.
Al volverme hacia el espejo, me asombró ver a una niña parecida a mí recostada en el suelo, cubierta de escarcha.
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